EL SEGUNDO DESTELLO

بِسْمِ اللّٰهِ الرَّحْمٰنِ الرَّحِيمِ

اِذْ نَادَى رَبَّهُ اَنِّى مَسَّنِىَ الضُّرُّ وَاَنْتَ اَرْحَمُ الرَّاحِمِينَ

En el nombre de Allah, el Misericordioso, el Compasivo.

{Y Ayyub, cuando llamó a su Señor: En verdad me ha tocado el daño y Tú eres el más Misericordioso de los misericordiosos.} (Sura de los Profetas, 83)

Esta confidencia sutil con la que llamó el pionero de los pacientes, nuestro señor Ayyub, sea con él la Paz, ha sido experimentada y posee un efecto impresionante, por lo que debemos tomar de la luz de esta noble aleya y decir en nuestra confidencia:

رَبِّ اَِنِّى مَسَّنِىَ الضُّرُّ وَاَنْتَ اَرْحَمُ الرَّاحِمِينَ

¡Señor mío! En verdad me ha tocado el daño y Tú eres el más Misericordioso de los misericordiosos.

Resumimos la conocida historia de nuestro señor Ayyub, sea con él la Paz:

Él, sea con él la Paz, se convirtió en paciente durante un espacio de tiempo, soportando el dolor de una enfermedad grave hasta que las úlceras y las heridas se extendieron por todo su cuerpo. Y a pesar de ello fue paciente y tuvo entereza esperando su gran recompensa del Elevado, el Poderoso.

Y cuando los gusanos que se producían en sus heridas afectaron a su corazón y su lengua, que son el lugar del recuerdo de Allah y la sede del conocimiento de Él, suplicó a su Señor Generoso con esta sutil confidencia: {En verdad me ha tocado el daño y Tú eres el más Misericordioso de los misericordiosos.} por temor a que le afectara una deficiencia a su adoración. Y no le suplicó buscando el descanso únicamente.

Y Allah, el Elevado, el Poderoso, respondió a esta confidencia sincera y pura de una manera muy por encima de lo común y le retiró el daño, lo favoreció con una salud completa y derramó sobre él las sutilezas de Su misericordia que todo lo abarca.

Y este destello tiene cinco puntos sutiles:

El primer punto es que frente a esas heridas externas que afligieron a nuestro señor Ayyub, sea con él la Paz, existen en nosotros enfermedades internas, males espirituales y afecciones del corazón. De manera que nosotros estamos afectados por todo esto. Y si pusiéramos lo externo donde lo interno y lo interno donde lo externo, nos mostraríamos  cargados con heridas y úlceras profundas y aparecerían en nosotros enfermedades y males mayores que muchos de los que tuvo nuestro señor Ayyub, sea con él la Paz.

Y eso es porque el mal que adquieren nuestras manos y toda la incertidumbre que entra en nuestras mentes abre heridas que penetran en nuestros corazones y abren úlceras sangrantes en nuestros espíritus.

Luego, las heridas de nuestro señor Ayyub, sea con él la Paz, amenazaban con poner en peligro su corta vida mundanal, mientras que nuestras heridas de significado amenazan con poner en peligro nuestra otra vida perenne .

Por ello nosotros estamos en una necesidad extrema de esa noble confidencia de Ayyub más acuciante que su propia necesidad de ella, sea con él la Paz.  Especialmente el hecho de que igual que los gusanos generados por sus heridas, sea con él la Paz, afectaron a su corazón y a su lengua, los susurros y las dudas- nos refugiamos en Allah de ello -generadas por nuestras heridas resultantes de las maldades y las faltas, afectan al interior del corazón que es la sede de la fe y la fe se tambalea en él, y afectan a la lengua que es el intérprete de la fe y le arrebatan la dulzura del recuerdo y su disfrute espiritual; y no deja de ahuyentarla del recuerdo de Allah hasta acallarla por completo.

En efecto, la maldad penetra en el corazón y extiende sus raíces en sus profundidades y no deja de marcar un punto negro hasta ser capaz de sacar la luz de la fe de él, de manera que se queda oscuro y vacío y se hace grosero y duro.

Así es, en cada maldad y falta hay un camino que conduce al Kufr, y si esa maldad no se borra rápidamente por medio de la petición de perdón, se transforma en un gusano de significado y aún más en una serpiente de significado, que muerde el corazón y le hace daño. Y aclaramos esto con lo que sigue:

Por ejemplo: Alguien, en secreto, comete una maldad de la que se avergüenza, y se avergüenza tanto de que los demás se enteren, que se le hace embarazosa la existencia de los ángeles y las cosas espirituales, y desea negarlos por un síntoma insignificante.

Y por ejemplo: Aquel que perpetra una falta grave que lleva al castigo de Ŷahannam, si no se resguarda frente a él con la petición de perdón, en cuanto oiga al que advierte de Ŷahannam y sus horrores deseará en su interior que no exista y generará en él la osadía de negar Ŷahannam por un síntoma leve o casi insignificante.

Y por ejemplo: El que no cumple con los preceptos ni lleva a cabo la tarea de la adoración  como es debido, y se duele por la simple censura del que le manda el bien, cuando le censura su negligencia con respecto a una simple obligación, su pereza por cumplir los preceptos ante las órdenes repetidas que proceden de Allah el Inmenso, le hace heredar una gran estrechez y una oscuridad sombría en su espíritu, y esta estrechez lo conduce al deseo de pronunciar y decir implícitamente: ¡Ojalá y Allah no hubiera ordenado ese acto de adoración!

Y este deseo produce en él la negación de la que se desprende una enemistad de significado ante Su divinidad, sea glorificado. Y tan pronto como acontece una duda leve al corazón acerca de Su existencia, sea glorificado, se inclina hacia ella como si fuera una prueba concluyente, de manera que se abre ante él una enorme puerta a la destrucción y la pérdida clara.

Sin embargo este desgraciado no capta que se ha puesto a sí mismo, por medio de esta negación, como meta de una estrechez de significado millones de veces más terrible y horrible que la estrechez parcial que sentía debido a su pereza en la adoración, como el que huye de la picadura de un mosquito hacia la mordedura de una serpiente.

Así pues que se entienda a la luz de estos tres ejemplos el secreto de la noble aleya: بَلْ رَانَ عَلَى قُلُوبِهِمْ

 {¡Pero no! Lo que han adquirido se ha apoderado de sus corazones.} (Sura de los Defraudadores, 14)

El punto segundo:

Como aclara en “La Palabra vigésimo sexta” que trata del Decreto divino, el hombre no tiene derecho a quejarse de la prueba y la enfermedad por tres razones:

La primera razón:

Es que Allah, sea glorificado, hace del vestido de la existencia, con el que ha vestido al ser humano, un indicio de Su hechura a partir de la nada, ya que lo creó según la forma de un modelo en el que detalla el vestido de la existencia, cambiándolo, cortándolo y modificándolo, mostrando con este proceder manifestaciones distintas de Sus nombres más hermosos.

Y del mismo modo que el nombre “El Curador” requiere la enfermedad, el nombre “El Proveedor” implica también el hambre. Y así, pues Él, sea glorificado, es el rey del reino y se mueve en Su reino como quiere. مَالِكُ الْمُلْكِ يَتَصَرَّفُ فِى مُلْكِهِ كَيْفَ يَشَاءُ

La segunda razón:

Es que la vida se define por las adversidades y las pruebas, se purifica con las enfermedades y las calamidades y encuentra con ellas la perfección y se fortalece, se eleva, asciende, da frutos, produce, se completa y alcanza el objetivo pretendido para ella; de manera que cumple su misión vital.

En cuanto a la vida monótona que transcurre según un único plan y pasa sobre el lecho del descanso, está más cerca de la inexistencia que es absolutamente peor, que de la existencia que es absolutamente mejor; y es más, conduce a la inexistencia.

La tercera razón:

La morada de esta vida mundanal no es sino un ámbito de examen y prueba y es morada de acción y lugar de adoración, no lugar de disfrute y placer, ni sitio de recibir remuneración y obtener recompensa.

Y puesto que mientras la vida mundanal es morada de acción y lugar de adoración, las enfermedades y las desgracias, a excepción de las relativas al din, y con la condición de que se tenga paciencia con ellas, son muy compatibles con esa acción y aún más, armonizan por completo con esa adoración, ya que aportan fuerza a la acción y ayudan en la adoración.

Por lo que no cabe quejarse de ellas sino  adornarse con el agradecimiento a Allah por ellas. Ya que esas enfermedades y desgracias convierten cada instante de la vida del que las sufre en la adoración de un día entero.

En efecto, la adoración son dos partes:

Una parte positiva y otra parte negativa.

La primera parte es conocida por todos. En cuanto a la otra parte: las aflicciones, el daño, las enfermedades hacen que el que las padece sienta su impotencia y su debilidad y se refugie en su Señor, el Compasivo, se dirija  a Él y busque amparo en Él, de manera que con esto llevará a cabo una adoración sincera. En esta adoración sincera, pura, no entra nunca el actuar para ser visto.

Y así, mientras el que padece se adorne con la paciencia y reflexione acerca de la recompensa de su daño ante Allah y lo hermoso de su recompensa junto a Él y agradezca a su Señor por ello, en ese momento, cada momento de su vida se transformará en un día de adoración y su muy corta vida, se convertirá en prolongada y larga. Y es más, para algunos, cada minuto de su vida se convertirá en el equivalente a un día de adoración.

Estaba muy preocupado por lo que le ocurrió a uno de mis hermanos en la otra vida, el Ḥafiḍh Aḥmad al-Muhaŷir, por una enfermedad grave y me vino al corazón lo siguiente:

“Dale las buenas nuevas, felicítalo, pues cada minuto de su vida transcurre como si fuera un día de adoración”.

Realmente él agradecía a su Señor, el Compasivo, dentro de la hermosa paciencia.

El tercer punto:

Al igual que es hemos explicado en “Las Palabras” precedentes que cuando todo hombre reflexiona sobre su vida pasada, le viene al corazón y a la lengua: ¡Qué insensatez! o ¡La alabanza a Allah! Es decir: O bien se apena y se lamenta o alaba a su Señor y le agradece.

Así pues el que destila el lamento y la pena no es sino a causa de los sufrimientos de significado surgidos del cese de los placeres pasados y haber dejado de tenerlos. Esto es porque el cese del placer es dolor, y aún más: un placer que desaparece de improviso puede dejar un dolor permanente, continuo.

De manera que la reflexión sobre ello exprime ese dolor y destila de él la pena y el lamento, mientras que el placer de significado y permanente surgido del cese de los sufrimientos temporales que el hombre ha pasado en su vida efímera, hacen que su lengua exprese la alabanza y ensalce a Allah, sea Ensalzado.

Este estado acorde con la condición natural lo siente todo ser humano, pero si el que padece reflexiona –además de esto- sobre lo que su Señor ha reservado para él en cuanto a la hermosa recompensa y buena retribución en la Otra Vida y medita sobre cómo su corta vida con las adversidades se transforma en una vida extensa, no tendrá paciencia únicamente con el daño que considera, sino que ascenderá también al grado del agradecimiento a Allah y la complacencia con Su decreto y soltará su lengua en alabanza de su Señor y diciendo: La alabanza a Allah en cualquier situación que no sea la incredulidad y el extravío.

Hay un refrán que circula entre la gente: ¡Cuán largo es el tiempo de las desgracias! Sí, así es, sin embargo no en el sentido que la gente le da y en su creencia de que es largo por la estrechez y dolor que supone, sino que es largo y extenso como una vida larga por el fruto que da en cuanto a resultados vitales grandiosos.

 

El cuarto punto:

Hemos explicado en la primera estación de la Palabra vigésimo primera:

Que el hombre, si no disipa lo que el Creador, sea glorificado, le ha concedido en cuanto a la facultad de la paciencia y no la desperdiga en los desfiladeros de las ilusiones y los temores, esa facultad puede que sea suficiente para mantenerse firme ante toda desgracia y prueba.

Sin embargo el control de la ilusión, el dominio de la inadvertencia sobre él y el dejarse engañar por la vida efímera como si fuera permanente, lleva a desmenuzar la fuerza de su paciencia y repartirla entre los sufrimientos del pasado y los temores del futuro y no le basta la paciencia que Allah ha depositado en él para soportar la prueba que le sobreviene y ser firme ante ella.

De manera que empieza por dar rienda suelta a la queja hasta que es como si se quejara de Allah ante la gente mostrando un estado tal de impaciencia que se parece a la locura, por no hablar de que no tiene derecho a angustiarse de esa manera nunca.

Y esto es porque cada uno de los días pasados, si transcurrió con aflicción, su dificultad y penalidad se han ido y ha quedado su descanso y han cesado su fatiga y dolor y ha quedado su placer; y se han ido su estrechez y su agobio y ha quedado asegurada su recompensa, por lo que no cabe la queja por ello, sino que se debe agradecer a Allah, sea Ensalzado por ello con deseo e impaciencia.

Y no cabe así mismo alterarse por la desgracia y enojarse por ella, sino que se deben cerrar los lazos del amor por ella, porque la vida efímera del hombre que ha transcurrido se transforma en una vida feliz, permanente, extensa, a través de la prueba que soporta.

Así pues parte de la necedad y de la locura es que el ser humano dilapide parte de su paciencia y la desperdicie con las imaginaciones y pensar sobre las pruebas que pasaron y los sufrimientos que acontecieron.

En cuanto a los días futuros, si se tiene en cuenta que aún no han llegado y que son desconocidos e inciertos es tontería pensar en ellos desde ahora y angustiarse por las enfermedades y pruebas que le pudieran ocurrir al hombre en esos días.

Y del mismo modo que es tontería que un hombre coma hoy mucho pan y beba mucha agua por el hambre y la sed que pudieran afectarle mañana o pasado mañana, del mismo modo sufrir e inquietarse desde ahora por las enfermedades y desgracias que le pudieran afligir en el futuro, y que ahora mismo son prácticamente inexistentes, y manifestar angustia por ello sin que haya justificante y necesidad, es necedad y tontería hasta el punto de hacer que se deje de tener compasión y lástima por el que la manifiesta además de que él mismo es injusto consigo mismo.

En resumidas cuentas:

Del mismo modo que el agradecimiento incrementa la bendición, la queja incrementa la desgracia y arrebata la compasión y la lástima por el que la ejerce.

Un hombre recto de la ciudad de Ardurum fue puesto a prueba con una grave enfermedad; hecho que ocurrió en el primer año de la primera guerra mundial. Fui a visitarlo y me transmitió su queja: “No he saboreado el sueño desde hace cien días”. Esta queja dolorosa me causó dolor, pero recapacité al momento y dije:

¡Hermano! Los cien días ya han transcurrido y pasado, y ahora son como cien días de alegría y contento para ti, así pues no pienses en ellos ni te quejes, sino que míralos desde el ángulo de su desaparición y su ida y agradécele a Allah por ellos. En cuanto a los días venideros, puesto que no han llegado aún, confíate en la misericordia de tu Señor, el Misericordioso, el Compasivo y tranquilízate con ello.

De manera que no llores antes de ser golpeado, ni temas sin motivo, ni concedas a la inexistencia el carácter de la existencia.  Dirige tu pensamiento a este momento en sí, pues la facultad de la paciencia que posees es suficiente para la firmeza que requiere este momento.

Y no seas como aquel necio general que en el momento en el que el ala izquierda del enemigo se concentró hacia las filas del ala derecha de su ejército, separó su fuerza central dividiéndola a la derecha y a la izquierda, para así      reforzarla, pero en un momento en el que el ala derecha del enemigo aún no estaba preparada para el combate…De manera que si el enemigo hubiera sabido lo que había hecho, habría dirigido una fuerza pequeña al centro y hubiera acabado con su ejército.

Así pues, ¡Oh hermano! No seas como él, sino que reúne todas tus fuerzas solo para esta hora y aguarda la vasta misericordia de Allah y reflexiona sobre la recompensa de la Otra Vida y medita sobre cómo la enfermedad transforma tu vida efímera y corta en una vida prolongada y permanente, de manera que ofrece tu agradecimiento abundante, secreto, al Elevado, el Poderoso, en lugar de esta queja amarga.

Y esa bendita persona tuvo una apertura por estas palabras y su interior se expandió hasta que empezó a decir: La alabanza a Allah, mi dolor se ha debilitado mucho.

El punto quinto, que consta de tres cuestiones:

La primera cuestión es que la desgracia que se considera desgracia de verdad y la que de verdad hace daño es la que afecta al Din. Así pues es necesario refugiarse en Allah, sea glorificado, y arrojarse ante Él y humillarse ante Él sin interrupción.

En cuanto a las desgracias que no afectan al Din, no son desgracias en realidad, porque una parte de ellas son una advertencia del Misericordioso, que Allah, sea glorificado, envía a Su siervo para despertarlo de su inadvertencia, como la advertencia del pastor a sus ovejas que al traspasar su lugar de pasto les tira una piedra y las ovejas a su vez sienten que el pastor les llama la atención con esa piedra y les advierte de algún peligro dañino y vuelven a su lugar de pasto con agrado y tranquilidad.

En cuanto a la otra parte de las desgracias es una expiación de las faltas.

Y otra parte de las desgracias también, es una gracia divina para que se tranquilice el corazón y se derrame el sosiego en él; y ello es por medio de repeler la inadvertencia que afecta al ser humano y hacerle sentir su incapacidad y su necesidad latentes en su naturaleza.

En cuanto a la desgracia  que sobreviene al ser humano en el momento de la enfermedad, como acabamos de recordar, no es una desgracia real, sino que es una benevolencia del Señor porque es una purificación para el ser humano de las transgresiones y un lavado para él de la suciedad de las faltas, tal y como aparece en el hadiz auténtico: “ No hay musulmán al que le sobrevenga un daño sin que Allah no haga que se caigan de él sus faltas como se caen las hojas del árbol”.  (Recogido por el Bujari.)

Y así es, pues en verdad nuestro señor Ayyub, sea con él la Paz, no rogó, en su confidencia, para sí mismo y buscando su descanso, sino que pidió de su Señor que le apartara el daño cuando la enfermedad se convirtió en un impedimento para el recuerdo de Allah con su lengua y un obstáculo para la reflexión sobre el dominio invisible de Allah con el corazón.

De manera que pidió la curación para poder cumplir con las tareas de la servidumbre libremente y con perfección.

Por lo que nosotros debemos pretender también con esta confidencia, en primer lugar, la curación de nuestras heridas de significado y nuestras llagas espirituales procedentes de haber cometido maldades y perpetrado faltas.

Y debemos refugiarnos en Allah, el Poderoso, cuando las enfermedades materiales se interponen ante nuestro cumplimiento completo de la adoración y humillarnos ante Él, en ese momento, con toda humillación y humildad y pedirle socorro, sin que se nos escape ninguna oposición o queja, puesto que mientras estemos complacidos del todo con su señorío total sobre nosotros, debemos complacernos y someternos completamente a lo que nos concede, sea glorificado, con Su señorío.

En cuanto a la queja que hace un guiño a la oposición a Su decreto y predeterminación y la manifestación del fastidio y el lamento, es lo más parecido a la crítica del decreto divino justo y sospechar de Su misericordia que todo lo abarca.

Así pues, quien critica el decreto, lo derriba, y quien sospecha de la misericordia, es privado de ella.

Puesto que de la misma manera que usar la mano rota para la venganza no hace sino aumentar su rotura, así mismo si el que es objeto de una prueba se enfrenta a ella con la queja, el fastidio, la oposición y la inquietud, esto hace que aumente la prueba.

La segunda cuestión es:

Cuando le das importancia a las desgracias, éstas se engrandecen y cuando no le das importancia, se empequeñecen.  Así pues, por ejemplo: Cuando un hombre se preocupa por una preocupación que le sobreviene de noche, se crece en su consideración, mientras que si la deja pasar, desaparece. Y cuando un hombre se expone al nido de las avispas, aumenta su ataque, mientras que si las deja, se dispersan.

Del mismo modo, las desgracias materiales siempre que el ser humano las engrandece, se preocupa por ellas y se inquieta por ellas, penetran desde el cuerpo hasta el corazón y arraigan en él, y en ese momento,  crece una desgracia de significado en el corazón que hace que la material se afiance por ella de manera que ésta última se hace continua y se alarga.

Sin embargo en el momento en el que el ser humano elimina la inquietud y la preocupación de sus raíces por medio de la complacencia con el decreto de Allah y el confiarse a Su misericordia, la desgracia material desaparece gradualmente y se va como el árbol que muere y se secan sus hojas al agotarse sus raíces.

Y un día expresé esta realidad de la manera siguiente:

Y parte de la queja es aflicción

Tú, pobre de ti, déjala y confíate

Tú, si te sometes al que concede las dádivas, habrás encontrado tu salvación.

Y entonces todo será dádiva

Y entonces todo será pureza

Y sin Allah, la vida de este mundo para ti, son abismos y miedo.

 ¿Acaso se queja aquel que lleva sobre sus hombros las cordilleras montañosas de un grano de arena insignificante?

La queja no es sino añadir aflicción a la aflicción.

Y maldades a las maldades, y cuita.

Y si sonríes en la cara de la aflicción,

las calamidades pasarán a marchitarse y derretirse

bajo el sol de la verdad, como copos de nieve.

Y entonces tu vida mundanal será una sonrisa

Una sonrisa de cuya boca fluye el manantial de la certeza.

Una sonrisa ebria con la irradiación de la certeza.

Una sonrisa atónita con los secretos de la certeza.

En efecto, es cierto que el ser humano, del mismo modo que cuando recibe a su adversario con buena cara y una sonrisa, aplaca su irritabilidad y hace que mengüe la fuerza de la enemistad y se apague el fuego de la disputa, llegando incluso a convertirse en amistad y concordia, así mismo cuando se recibe la aflicción poniendo la confianza en el Poderoso hace que desaparezca su efecto.

La tercera cuestión:

Cada tiempo tiene su norma y la aflicción ha cambiado su forma en este tiempo de inadvertencia.  De manera que para algunos, la aflicción no es siempre aflicción sino beneficio divino y benevolencia por Su parte, sea glorificado. Y considero a los que son puestos a prueba, en este momento, dichosos, felices, con la condición de que no les afecte su Din.

De modo que la enfermedad y la aflicción no generan para mí lo que en mi visión los hace dañinos, llevándome a ser enemigo de ambos, ni me dejan como herencia la compasión y la condolencia por el que los padece.

Y eso es porque no ha venido a mí ningún joven enfermo que no lo haya visto más comprometido con el din que sus semejantes y más ligado que ellos a la Otra Vida.

Así pues, comprende de esto que la enfermedad para ellos no es una aflicción, sino que es una de Sus gracias, sea glorificado, que no se pueden contar ni abarcar. Puesto que esa enfermedad ofrece al que la padece abundantes beneficios en cuanto a su vida postrera y constituye para él un tipo de adoración, a pesar de que afecta a su vida mundanal efímera y perecedera con algo de dificultad.

En efecto, puede que ese joven no pueda mantener el estado que tenía durante su enfermedad en cuanto a su asiduidad a los mandatos divinos cuando encuentre la salud y que incluso sea arrastrado a la necedad de la fuerza de la juventud y su ímpetu, y a la necedad difundida en esta época.

Conclusión:

Allah, sea glorificado, ha incorporado en el ser humano una incapacidad sin límite y una necesidad sin fin, manifestando así Su poder absoluto y poniendo en evidencia Su misericordia que todo lo abarca. Y lo creó con una forma determinada de manera que padece aspectos inabarcables al igual que se deleita con  aspectos innumerables, poniendo de manifiesto los numerosos semblantes de Sus nombres más hermosos.

Así pues lo originó, sea glorificado, en la forma de una máquina admirable que está compuesta de cientos de instrumentos y maquinarias,  cada uno de los cuales tiene sus dolores y sus placeres, su misión, su recompensa y su retribución.

De manera que es como si los nombres divinos manifestados en el mundo, que es un gran ser humano, se manifestaran la mayoría de ellos también en este ser humano que es un mundo más pequeño, y al igual que lo que contiene de asuntos beneficiosos como la salud, la integridad, los placeres y demás, lo empujan al agradecimiento y conducen esa máquina a cumplir con sus tareas desde numerosos aspectos, hasta que el ser humano se convierte en una máquina de agradecimiento; así mismo es el caso en las desgracias, las enfermedades, los sufrimientos y los demás factores que agitan y mueven, conducen a las otras maquinarias de esta máquina al trabajo y al movimiento y la agitan en su interior y hacen surgir los tesoros de la incapacidad, la debilidad y la necesidad, insertadas en la esencia humana.

De manera que las desgracias no permiten al ser humano refugiarse en el Originador con una sola lengua sino que le hacen refugiarse en Él y pedirle auxilio con la lengua de cada uno de sus miembros.

Y es como si el hombre con esos factores, causas, consecuencias y accidentes, se convirtiera en un cálamo que incluye miles de cálamos y escribiera los potenciales de su vida en la página de su vida o en la tabla alegórica, y compusiera un cuadro magnífico de los nombres divinos más hermosos y pasara a ser como una casida manialba y un tablón de anuncio y cumpliera la tarea de su condición primigenia.

You may also like...

Bir cevap yazın

E-posta hesabınız yayımlanmayacak.